
Normalmente no vivimos hechos que se nos presentan como increíbles o como fuera de lo común en nuestra cotidiana vida. Pasamos de largo sin acaso pensar en que nos pueden ocurrir a veces esos hechos que la mayoría de las ocasiones creemos que no tienen explicación. Cuando esto ocurre, podemos llegar a pensar que el día ha sido original o extraordinario o, sin embargo, si ese acontecimiento es triste o frío lo avalamos con tal nombre.
Uno de esos episodios, que quizá por el morbo que nos produce lo admiramos y después nos reímos de él, viene a presentárseme en un día como cualquier otro en el que me paso las horas encerrado y sumido en mis estudios. Es mi costumbre dejar el reloj-despertador en la estantería a espaldas del escritorio. Cuando consigo el silencio necesario para concentrarme noto el ininterrumpido tic-tac del reloj que, sendas veces, me saca de esa concentración.
Hay personas que gustan de estudiar con música, otras con la televisión encendida, o donde se reúnan más personas con el mismo fin, a saber, la biblioteca, donde se quiera o no, el murmullo incansable existe, con el propósito de tener una referencia de espacio y tiempo en el que resguardarse mientras se concentran. Otras personas, como yo, desean la soledad y el silencio absoluto para guarecerse en los libros. Y es con eso que hasta el ínfimo tic-tac de mi reloj me distrae y me aturde.
Aquel día empezaba a abrumarme con el examen que pronto tendría y que me sabía con pocas esperanzas de aprobar. Concilié el silencio y, pasados unos minutos, el ruido de las manecillas me ensordecía los oídos. Como en otras ocasiones, me levanté para coger el reloj y guardarlo en el cajón de la cómoda. Pensaba que de esta manera no me molestaría. Pero al tiempo, el sonido parpadeante volvió a mis oídos y con tal de no apagarlo lo escondí bajo unas mantas; aunque de nada sirvió, pues un momento después sentía de nuevo el tic-tac en las sienes como retumbando.
Desesperado agarré el reloj, le di la vuelta e intenté destapar la cajita que contendría la pila que le daba energía. Su tacto vibraba en mis manos, o eso creí yo. Pero cual fue mi sorpresa cuando al abrir la tapa ¡su interior estaba vacío! Volví a darle la vuelta y recapacité, con las manecillas detenidas y mostrándome una sonrisa, que había olvidado comprar pilas nuevas.
Uno de esos episodios, que quizá por el morbo que nos produce lo admiramos y después nos reímos de él, viene a presentárseme en un día como cualquier otro en el que me paso las horas encerrado y sumido en mis estudios. Es mi costumbre dejar el reloj-despertador en la estantería a espaldas del escritorio. Cuando consigo el silencio necesario para concentrarme noto el ininterrumpido tic-tac del reloj que, sendas veces, me saca de esa concentración.
Hay personas que gustan de estudiar con música, otras con la televisión encendida, o donde se reúnan más personas con el mismo fin, a saber, la biblioteca, donde se quiera o no, el murmullo incansable existe, con el propósito de tener una referencia de espacio y tiempo en el que resguardarse mientras se concentran. Otras personas, como yo, desean la soledad y el silencio absoluto para guarecerse en los libros. Y es con eso que hasta el ínfimo tic-tac de mi reloj me distrae y me aturde.
Aquel día empezaba a abrumarme con el examen que pronto tendría y que me sabía con pocas esperanzas de aprobar. Concilié el silencio y, pasados unos minutos, el ruido de las manecillas me ensordecía los oídos. Como en otras ocasiones, me levanté para coger el reloj y guardarlo en el cajón de la cómoda. Pensaba que de esta manera no me molestaría. Pero al tiempo, el sonido parpadeante volvió a mis oídos y con tal de no apagarlo lo escondí bajo unas mantas; aunque de nada sirvió, pues un momento después sentía de nuevo el tic-tac en las sienes como retumbando.
Desesperado agarré el reloj, le di la vuelta e intenté destapar la cajita que contendría la pila que le daba energía. Su tacto vibraba en mis manos, o eso creí yo. Pero cual fue mi sorpresa cuando al abrir la tapa ¡su interior estaba vacío! Volví a darle la vuelta y recapacité, con las manecillas detenidas y mostrándome una sonrisa, que había olvidado comprar pilas nuevas.

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