“Eran dos buenos amigos que querían conocerse más y estiraron sus labios para ello. No pretendas que quieran volver al camino que empezaron, porque las huellas se borran y queda el olor de los besos, pero el pasado esta ahí para decirte lo que fue y lo bonito que estuvo.”
Donde estaba el mar, era el horizonte; donde rompía el cielo, el lecho del sol que se ocultaba. Mis ojos debían tener esa maleza de los árboles frutales. Pesaban las lágrimas y resbalaban. Contemplaba el paisaje pero no lo entendía. En mi cabeza había un revuelo de palomas que me zarandeaba. Esos mismos ojos querían dar la vida, por tenerla en mi mano, por acariciarla, por olerla. Tenía la sensación de que el mundo se me hacía demasiado pequeño y no podía asirlo con mis brazos.
El pensamiento era a veces risueño; otras me ladraba. Mantenía la compostura con algún pilar invisible, pero siempre aparecía ella para desmoronar mis cimientos. Luego rezaba, a algún dios, a alguno de los que no creo. No surtía efecto y volvía a ponerme feliz, como si me hechizara el hecho de pensar en sus labios, en sus ojos, en sus palabras. Podía quedarme en la orilla por más tiempo, disfrutar del paisaje, siempre que no se enturbiara con la espesura de la noche. No obstante, deseaba ir más allá.
Salté por encima de las vallas. Frente a mi se extendía una zona boscosa y sabía que tenía que atravesarla para salir a la ciudad. Aquella extensión me era extrañamente familiar, aunque no podía recordar el motivo. Nadé por la espesura de los arbustos y culminé en la primera carretera. Avancé y descubrí la ciudad. La atmósfera estaba limpia, libre de polución. Y las personas paseaban por las calles con el ajetreo propio.
Tenía el norte perdido; no obstante sentía el cosquilleo en mi pecho y eso me hacía seguir firme. Era una intuición, un pensamiento tal vez del subconsciente. Tracé un derrotero fácil, por las tortuosas calles del casco antiguo. Ya no podía escuchar, ni tan siquiera recordar, el rumor del oleaje. Por más que miraba, latía alrededor ese constante tren de la inquietud y no se apagaba. Volvía a tener los ojos encharcados de sal y agua, lloraba y no sabía porqué.
En aquel parque me había parado numerosas veces y había contemplado el agua de la fuente. Hoy no estaba tan cristalina. Las hojas de los árboles la habían enturbiado. Me senté en el banco de siempre, en la postura de siempre, pero con un ansia diferente. Presentía que algo sucedería y no me equivoqué. Las personas deambulaban cerca de mí, y tenía la sensación de que era invisible: el barrendero que torció su escoba para no chocar con mis piernas, la mujer que lleva un bebé en un carrito, los chicos que salen del colegio cargados con sus mochilas, la joven que pasea a su cocker…
Me ha mirado a los ojos; no he querido que descubriera esa maleza esponjosa que se asienta ahora en mis comisuras. Tiene el pelo rizado, revuelto, como a mi me gusta; unos ojos penetrantes y negros, la sonrisa en su boca me eclipsa y llego a oler su perfume, que deja una estela a su paso que hace que cierre los párpados. Si me ha mirado, me gustaría saber qué es lo que ha pasado por su mente. Lleva unos pantalones ajustados, marcándole las caderas con descaro, una sudadera blanca recogida hasta el cuello. Me digo que no es para mi, que yo solo quiero la flor del tiempo, la misma que se desmadeja con el roce de las manos; esta chica, intuyo, tiene carácter, no es fácil de tomar, no es de pétalos lacios.
Como hechizado, intentando disimular, sigo su camino, con la razón perdida por el olor que emana de su cuerpo. Parece que he olvidado mis temores, mis yerros, mis lloros. El perro intenta husmearme y ella sonríe de nuevo. Se me ha parado el corazón en un instante infinito, delicioso. No tengo agallas para decirle nada; prefiero estar detrás de la puerta contemplándola a intentar entrar y darme con ella en la cara. Y por un momento me quedo petrificado. Esos labios eran los que antes había imaginado, los que me acompañaban en la orilla cuando balbuceaba tristeza.
En ese momento ocurrió. Nadie lo esperaba, y nadie lo predijo. Ella estaba a cinco metros de mí, cruzando una calle sin visibilidad alguna. Yo tenía esa sensación de expectación en las sienes, e iba obnubilado. Un frenazo atrajo mi atención, algún grito de los transeúntes, el perro que ladraba, las caras de espanto, el viento que aullaba ahora en mis oídos. Sentí un fuerte golpe en la piel, no se en que lugar de mi cuerpo, si no en todo. En una fracción de tiempo descubrí que me desmayaba y mis ojos se volvían azules como el océano.
Un ruido me despertó. Sabía lo que había ocurrido, pero no iba a morir: en los sueños nunca se muere. Intenté abrir los ojos y la vi cerca de mi, apoyando su mano en mi pecho. Una sonrisa se dibujó en mi cerebro, aunque no se exteriorizó. Tenía que estar malherido para que ella me tocara, para poder oler su perfume a media distancia, pero no odiaba el momento; al contrario, me deleitaba. Después de eso, hice un esfuerzo e imaginé algo en mi cabeza: si aquel era mi sueño, sabiendo que no iba a morir, quisiera poder controlarlo y dirigirlo.
Lo primero que hice era imaginar que el suelo estaba blando, que no me dolía la espalda por las contusiones. Luego, sin parecer egoísta, dejaría que el perro ladrara con más suavidad, o que simplemente maullara, ese sonido me gustaba más. Debía cambiar al perro por un gato, color gris, por ejemplo, con manchas blancas. También deseaba que la atmósfera se convirtiera en un solo olor; el perfume de la chica que había a mi lado, y que su sonrisa fuese la misma que había visto antes. Entonces imaginé que me besaba, que ya no miraba a un lado y a otro, desconcertada por la situación, y que su cuello quedaba más al descubierto para respirar su aroma. Sus labios me rozaron y cerré los ojos. Otra vez la maleza de los árboles frutales inundaba mis párpados.
Desperté, y el sabor de aquel beso se quedó en mi paladar para siempre.





