De como hablar sobre optimismo teniendo en mente lo mas pesimista, de como mirar al cielo sin destellarte los ojos una vez más, de como, al fin y al cabo, soñar despierto con la sabiduría y el conocimiento de uno mismo. Reza, pero no abuses, porque Dios deja de existir cuando te pones pesado; y si le vas a pedir algo, que no sea para ti, egoista.

Quiero mirar a ese frente, para redireccionarme, para encontrarme a mi mismo y decirle buenos días a mi sombra, volver a pisarla sin que se lastime por que no fijo mis pasos. Quiero encontrarme; deseo encontrar a ese yo que va y viene como ente nómada que me abandona. Ahora lo sé; ahora me veo...

lunes, 27 de diciembre de 2010

Un solo instante, un solo beso

“Eran dos buenos amigos que querían conocerse más y estiraron sus labios para ello. No pretendas que quieran volver al camino que empezaron, porque las huellas se borran y queda el olor de los besos, pero el pasado esta ahí para decirte lo que fue y lo bonito que estuvo.”

Donde estaba el mar, era el horizonte; donde rompía el cielo, el lecho del sol que se ocultaba. Mis ojos debían tener esa maleza de los árboles frutales. Pesaban las lágrimas y resbalaban. Contemplaba el paisaje pero no lo entendía. En mi cabeza había un revuelo de palomas que me zarandeaba. Esos mismos ojos querían dar la vida, por tenerla en mi mano, por acariciarla, por olerla. Tenía la sensación de que el mundo se me hacía demasiado pequeño y no podía asirlo con mis brazos.
El pensamiento era a veces risueño; otras me ladraba. Mantenía la compostura con algún pilar invisible, pero siempre aparecía ella para desmoronar mis cimientos. Luego rezaba, a algún dios, a alguno de los que no creo. No surtía efecto y volvía a ponerme feliz, como si me hechizara el hecho de pensar en sus labios, en sus ojos, en sus palabras. Podía quedarme en la orilla por más tiempo, disfrutar del paisaje, siempre que no se enturbiara con la espesura de la noche. No obstante, deseaba ir más allá.
Salté por encima de las vallas. Frente a mi se extendía una zona boscosa y sabía que tenía que atravesarla para salir a la ciudad. Aquella extensión me era extrañamente familiar, aunque no podía recordar el motivo. Nadé por la espesura de los arbustos y culminé en la primera carretera. Avancé y descubrí la ciudad. La atmósfera estaba limpia, libre de polución. Y las personas paseaban por las calles con el ajetreo propio.
Tenía el norte perdido; no obstante sentía el cosquilleo en mi pecho y eso me hacía seguir firme. Era una intuición, un pensamiento tal vez del subconsciente. Tracé un derrotero fácil, por las tortuosas calles del casco antiguo. Ya no podía escuchar, ni tan siquiera recordar, el rumor del oleaje. Por más que miraba, latía alrededor ese constante tren de la inquietud y no se apagaba. Volvía a tener los ojos encharcados de sal y agua, lloraba y no sabía porqué.
En aquel parque me había parado numerosas veces y había contemplado el agua de la fuente. Hoy no estaba tan cristalina. Las hojas de los árboles la habían enturbiado. Me senté en el banco de siempre, en la postura de siempre, pero con un ansia diferente. Presentía que algo sucedería y no me equivoqué. Las personas deambulaban cerca de mí, y tenía la sensación de que era invisible: el barrendero que torció su escoba para no chocar con mis piernas, la mujer que lleva un bebé en un carrito, los chicos que salen del colegio cargados con sus mochilas, la joven que pasea a su cocker…
Me ha mirado a los ojos; no he querido que descubriera esa maleza esponjosa que se asienta ahora en mis comisuras. Tiene el pelo rizado, revuelto, como a mi me gusta; unos ojos penetrantes y negros, la sonrisa en su boca me eclipsa y llego a oler su perfume, que deja una estela a su paso que hace que cierre los párpados. Si me ha mirado, me gustaría saber qué es lo que ha pasado por su mente. Lleva unos pantalones ajustados, marcándole las caderas con descaro, una sudadera blanca recogida hasta el cuello. Me digo que no es para mi, que yo solo quiero la flor del tiempo, la misma que se desmadeja con el roce de las manos; esta chica, intuyo, tiene carácter, no es fácil de tomar, no es de pétalos lacios.
Como hechizado, intentando disimular, sigo su camino, con la razón perdida por el olor que emana de su cuerpo. Parece que he olvidado mis temores, mis yerros, mis lloros. El perro intenta husmearme y ella sonríe de nuevo. Se me ha parado el corazón en un instante infinito, delicioso. No tengo agallas para decirle nada; prefiero estar detrás de la puerta contemplándola a intentar entrar y darme con ella en la cara. Y por un momento me quedo petrificado. Esos labios eran los que antes había imaginado, los que me acompañaban en la orilla cuando balbuceaba tristeza.
En ese momento ocurrió. Nadie lo esperaba, y nadie lo predijo. Ella estaba a cinco metros de mí, cruzando una calle sin visibilidad alguna. Yo tenía esa sensación de expectación en las sienes, e iba obnubilado. Un frenazo atrajo mi atención, algún grito de los transeúntes, el perro que ladraba, las caras de espanto, el viento que aullaba ahora en mis oídos. Sentí un fuerte golpe en la piel, no se en que lugar de mi cuerpo, si no en todo. En una fracción de tiempo descubrí que me desmayaba y mis ojos se volvían azules como el océano.
Un ruido me despertó. Sabía lo que había ocurrido, pero no iba a morir: en los sueños nunca se muere. Intenté abrir los ojos y la vi cerca de mi, apoyando su mano en mi pecho. Una sonrisa se dibujó en mi cerebro, aunque no se exteriorizó. Tenía que estar malherido para que ella me tocara, para poder oler su perfume a media distancia, pero no odiaba el momento; al contrario, me deleitaba. Después de eso, hice un esfuerzo e imaginé algo en mi cabeza: si aquel era mi sueño, sabiendo que no iba a morir, quisiera poder controlarlo y dirigirlo.
Lo primero que hice era imaginar que el suelo estaba blando, que no me dolía la espalda por las contusiones. Luego, sin parecer egoísta, dejaría que el perro ladrara con más suavidad, o que simplemente maullara, ese sonido me gustaba más. Debía cambiar al perro por un gato, color gris, por ejemplo, con manchas blancas. También deseaba que la atmósfera se convirtiera en un solo olor; el perfume de la chica que había a mi lado, y que su sonrisa fuese la misma que había visto antes. Entonces imaginé que me besaba, que ya no miraba a un lado y a otro, desconcertada por la situación, y que su cuello quedaba más al descubierto para respirar su aroma. Sus labios me rozaron y cerré los ojos. Otra vez la maleza de los árboles frutales inundaba mis párpados.
Desperté, y el sabor de aquel beso se quedó en mi paladar para siempre.

viernes, 12 de noviembre de 2010

La ilusión del globo

Había un estanque del que brotaban algas sucias frente a Lázaro. Jugaba a lanzar piedras al agua haciendo ondulaciones en la superficie mientras rozaban dando saltos. Elegía las más apropiadas, aplanadas, alisadas por la erosión. Cogía carrera, lanzaba la piedra con el puño y dejaba su brazo extendido en su dirección. Luego contaba las veces que saltaban antes de hundirse.
Tenía las zapatillas deportivas que el día anterior había comprado. En aquel momento no le dolían los pies, su atención estaba desplazada hacia su juego. Pero en realidad, estaban tan doloridos que quizá no pudiese moverlos mucho más.
Después de unos lanzamientos ya estaba agotado; sus brazos se habían cansado. Era zurdo, aunque había puesto énfasis en golpear las piedras con las dos manos para medirse la destreza y objetar cuantas de ellas llegaban al otro extremo del estanque tanto con una mano como con otra.
Estaba sentado en un saliente rocoso del borde del estanque. Una espesura verde se alzaba a su alrededor, rodeado de colinas ora gigantescas, inexcalables, ora minúsculas. Aún seguía arrojando piedrecillas al agua, las que encontraba cerca. Entonces sintió las primeras punzadas de las zapatillas nuevas en los pies. Se desabrochó y los dejó relajar en una roca suspirando de alivio. Luego se los masajeó para calmar el dolor. Y por un momento quiso mojarlos, descalzo, meterlos en el agua, aunque estuviese mugrienta.
No le importaba; sabía que con el sol ardiente que hacía, un baño iba a confortarle. Así que los hundió, y sintió un pequeño escalofrío, más tarde el alivio que buscaba. Miró el estanque, en la parte izquierda, donde se arremolinaban más cantidad de algas. Sacudió los pies percatándose de que había espantado a unos peces que tal vez agonizaban allí dentro.
De pronto, llevada por una ventisca áspera que le golpeó en la cara, una enorme sombra se posó sobre su cabeza. Levantó los ojos y no pudo creer lo que vio. Era un globo aerostático que en su ruta había plasmado su sombra sobre el estanque. Lázaro se quedó boquiabierto, no articulaba siquiera una vocalización que denotase su asombro.
Sin pensarlo saltó del saliente tras sacar los pies del agua. No recapacitó en que había olvidado las zapatillas cuando ya estaba corriendo, siguiendo con la mirada la dirección del gran globo. Instintivamente subió una pequeña colina pedregosa que le estaba moliendo las plantas de los pies. Pero no era momento de pensar en aquella dolama, o se perdería el rumbo de una maravilla.
Escaló las rocas con rapidez, aunque con cierta soltura. Al final llegó a la cúspide cuando ya había perdido de vista el aparato. Pero allí lo vio, despacio, enorme, con un colorido sobresaliente de tonos claros. Estaba tan cerca que pudo divisar la cesta donde dos personas azuzaban el aire cálido del interior prendiendo la gran llama que estaba sobre sus cabezas. La oyó rugir, lo vio husmear, la sintió como si él fuese uno de los viajeros del globo.
No estaba soñando, pues lo podía notar, aunque no con detenimiento, puesto que tenía los pies sangrando y ya le escocían.
Tenía la mirada fija, y no iba a desviarla hasta que lo perdiese por el verde horizonte. De repente, el globo dio un giro lento e inesperado, y como consecuencia dejó pasar los destellos hirientes del sol que acabaría con la sombra. El cambio le había tomado desprevenido y, entusiasmado como andaba con aquella visión, los rayos del sol le cegaron con fuerza.
Lázaro desvió entonces la mirada y corrió a frotarse los ojos con los nudillos. Había sentido el pinchazo de luz. Los abrió, pestañeó un poco, y el globo había desaparecido. Comprendió así que hasta el sol, hasta el horizonte, el cielo, todo se había esfumado, y en su lugar había una pantalla negriza.
Volvió a frotarse los ojos, los abrió de nuevo y otra vez ante sí se encontraba aquella pantalla negra. Entonces pensó que todo había sido un sueño, que aquella divinidad del cielo tan sólo fue un espejismo. Esperó así a que el sueño se consumara y él volviera a la realidad.
Parecía tan real el haber arrojado piedras sobre el estanque, como botaban, como salpicaban y alborotaban a los peces, como sintió su tacto liso por la erosión en su mano izquierda. Fue también tan real aquel trasto gigante de aire que dos personas dirigían con el gas que emanaba del fuego, sus colores, su forma, su recorrido sigiloso, su ruido silencioso, el pinchazo de luz…

De repente sintió una punzada en uno de los pies, luego en el otro. Los sentía tremendamente doloridos, sangrantes. Abrió los ojos; la espesura negra estaba allí. Se agachó, se palpó las plantas de los pies humedeciéndose los dedos de sangre, y se dejó caer. Lázaro se había quedado ciego.

Soy alérgico a las balas y a la hipocresía


A las balas por el dolor; a la hipocresía por lo frustrante de soportarla.
Intenta esquivar una u otra y no sabrás distinguir cual de ellas es más fácil a la hora de hacerlo. La hipocresía es distinta según se mire, según cada persona la acepte de modo que no le dañe. La bala, si llega de sopetón, me tiemblan las piernas y salgo a correr. Para ser partícipe de un acontecimiento donde el cargador se vacía hay que tener la mente fría y el corazón ardiendo, a mil por hora. Ser testigo de agresividad no va conmigo; no soy una persona que lleve puesto el chaleco para prevenir: me gusta curar antes.
Hay ocasiones en que la hipocresía no se entiende por más que le demos vueltas y más vueltas. Prefiero acercarme a la persona y descubrir que me apunta con el arma al entrecejo, tocar su material frío y hacerlo retroceder. Poco a poco consigo que el arma se aleje de mi cuerpo y la bala se haga de serrín. Lo complicado es controlar la frivolidad de la misma persona. Te convences a ti mismo de que la situación está controlada. Estás confiado, por supuesto, pero no por la misma, sino por ti, por tu creencia (equívoca) de lo social. Entonces aparece la hipocresía. Te das la vuelta y escuchas crujir de nuevo el cargador. El serrín se convierte de pronto en polvo para matar y lo notas en la espalda, cosquilleando. No es el puñal, es la bala, disfrazada de hipocresía. Otra vez me tiemblan las piernas. Me marcho.
Me temo que he de aprender a usar mi propia arma; puede ser, en estos locos días, la mejor herramienta de subsistencia.

Con el croar de ranas en la cabeza

Me apetece escribir; pero solo describir, y describo:
Espero el bus. Llego a la parada y encuentro a una muchacha sentada. Es china, o japonesa, o coreana, que nunca lo distinguimos bien. Me siento a tres palmos de ella y me doy cuenta de que nos separa una cinta de cassette. Miro frente a mí y veo que las hojas se descuelgan de los árboles. Es otoño. Aparece una madre con dos niños, más buenos que el anterior, que se tira al suelo molestando a su madre que lo sostiene con sus manos.
Escucho algo de música, tranquilo. La cinta que me separa de la china esta rota y no se de qué cantante es. La niña buena se sienta a mi lado entre la china y yo, encima de la cinta. Al darse cuenta la coge y juega un poco con ella, con la cinta fina que sale del plástico. Después saca una muñeca y juega. Yo le sonrío y ella me sonríe.
Al niño malo le han puesto un chaleco y está más tranquilo. Hacia abajo pasan innumerables coches. Uno lleva un armario encima de la baca, y parece un ataúd.
La música sube a más dureza. Llega el bus. No esta muy concurrido. Me siento al final, como siempre.
La clase de hoy me ha aburrido. Ahora estoy sereno.
La china se ha sentado al principio, junto a una mujer negra. Sereno, si, tranquilo. Quiero que este viaje dure más de lo que será. La música me acompaña. Y la niña buena está detrás de mí, jugando con su muñeca.
Las hojas siguen cayendo copiosamente, y el tráfico está intensificado.
El hermano de la niña buena es gracioso: rubio, con ojos de pillín, revuelto.
Se sienta alguien a mi lado pero no me molesta. Es un hombre, con cara ceñuda. No sabe que lo que escribo aquí es sobre él o que él es algo de lo que me está pasando ahora mismo. Mira la hora, está como impaciente. Y yo también de que se vaya o me baje yo.
Le he pedido que pulse el botón de parada solicitada por mi; no podía salir. Me bajo en la Avenida de Madrid. Voy a mi piso. A la rutina. Al mismo rumor de siempre con el croar de ranas en mi cabeza.

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