De como hablar sobre optimismo teniendo en mente lo mas pesimista, de como mirar al cielo sin destellarte los ojos una vez más, de como, al fin y al cabo, soñar despierto con la sabiduría y el conocimiento de uno mismo. Reza, pero no abuses, porque Dios deja de existir cuando te pones pesado; y si le vas a pedir algo, que no sea para ti, egoista.

Quiero mirar a ese frente, para redireccionarme, para encontrarme a mi mismo y decirle buenos días a mi sombra, volver a pisarla sin que se lastime por que no fijo mis pasos. Quiero encontrarme; deseo encontrar a ese yo que va y viene como ente nómada que me abandona. Ahora lo sé; ahora me veo...

viernes, 12 de noviembre de 2010

Soy alérgico a las balas y a la hipocresía


A las balas por el dolor; a la hipocresía por lo frustrante de soportarla.
Intenta esquivar una u otra y no sabrás distinguir cual de ellas es más fácil a la hora de hacerlo. La hipocresía es distinta según se mire, según cada persona la acepte de modo que no le dañe. La bala, si llega de sopetón, me tiemblan las piernas y salgo a correr. Para ser partícipe de un acontecimiento donde el cargador se vacía hay que tener la mente fría y el corazón ardiendo, a mil por hora. Ser testigo de agresividad no va conmigo; no soy una persona que lleve puesto el chaleco para prevenir: me gusta curar antes.
Hay ocasiones en que la hipocresía no se entiende por más que le demos vueltas y más vueltas. Prefiero acercarme a la persona y descubrir que me apunta con el arma al entrecejo, tocar su material frío y hacerlo retroceder. Poco a poco consigo que el arma se aleje de mi cuerpo y la bala se haga de serrín. Lo complicado es controlar la frivolidad de la misma persona. Te convences a ti mismo de que la situación está controlada. Estás confiado, por supuesto, pero no por la misma, sino por ti, por tu creencia (equívoca) de lo social. Entonces aparece la hipocresía. Te das la vuelta y escuchas crujir de nuevo el cargador. El serrín se convierte de pronto en polvo para matar y lo notas en la espalda, cosquilleando. No es el puñal, es la bala, disfrazada de hipocresía. Otra vez me tiemblan las piernas. Me marcho.
Me temo que he de aprender a usar mi propia arma; puede ser, en estos locos días, la mejor herramienta de subsistencia.

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