Tenía las zapatillas deportivas que el día anterior había comprado. En aquel momento no le dolían los pies, su atención estaba desplazada hacia su juego. Pero en realidad, estaban tan doloridos que quizá no pudiese moverlos mucho más.
Después de unos lanzamientos ya estaba agotado; sus brazos se habían cansado. Era zurdo, aunque había puesto énfasis en golpear las piedras con las dos manos para medirse la destreza y objetar cuantas de ellas llegaban al otro extremo del estanque tanto con una mano como con otra.
Estaba sentado en un saliente rocoso del borde del estanque. Una espesura verde se alzaba a su alrededor, rodeado de colinas ora gigantescas, inexcalables, ora minúsculas. Aún seguía arrojando piedrecillas al agua, las que encontraba cerca. Entonces sintió las primeras punzadas de las zapatillas nuevas en los pies. Se desabrochó y los dejó relajar en una roca suspirando de alivio. Luego se los masajeó para calmar el dolor. Y por un momento quiso mojarlos, descalzo, meterlos en el agua, aunque estuviese mugrienta.
No le importaba; sabía que con el sol ardiente que hacía, un baño iba a confortarle. Así que los hundió, y sintió un pequeño escalofrío, más tarde el alivio que buscaba. Miró el estanque, en la parte izquierda, donde se arremolinaban más cantidad de algas. Sacudió los pies percatándose de que había espantado a unos peces que tal vez agonizaban allí dentro.
De pronto, llevada por una ventisca áspera que le golpeó en la cara, una enorme sombra se posó sobre su cabeza. Levantó los ojos y no pudo creer lo que vio. Era un globo aerostático que en su ruta había plasmado su sombra sobre el estanque. Lázaro se quedó boquiabierto, no articulaba siquiera una vocalización que denotase su asombro.
Sin pensarlo saltó del saliente tras sacar los pies del agua. No recapacitó en que había olvidado las zapatillas cuando ya estaba corriendo, siguiendo con la mirada la dirección del gran globo. Instintivamente subió una pequeña colina pedregosa que le estaba moliendo las plantas de los pies. Pero no era momento de pensar en aquella dolama, o se perdería el rumbo de una maravilla.
Escaló las rocas con rapidez, aunque con cierta soltura. Al final llegó a la cúspide cuando ya había perdido de vista el aparato. Pero allí lo vio, despacio, enorme, con un colorido sobresaliente de tonos claros. Estaba tan cerca que pudo divisar la cesta donde dos personas azuzaban el aire cálido del interior prendiendo la gran llama que estaba sobre sus cabezas. La oyó rugir, lo vio husmear, la sintió como si él fuese uno de los viajeros del globo.
No estaba soñando, pues lo podía notar, aunque no con detenimiento, puesto que tenía los pies sangrando y ya le escocían.
Tenía la mirada fija, y no iba a desviarla hasta que lo perdiese por el verde horizonte. De repente, el globo dio un giro lento e inesperado, y como consecuencia dejó pasar los destellos hirientes del sol que acabaría con la sombra. El cambio le había tomado desprevenido y, entusiasmado como andaba con aquella visión, los rayos del sol le cegaron con fuerza.
Lázaro desvió entonces la mirada y corrió a frotarse los ojos con los nudillos. Había sentido el pinchazo de luz. Los abrió, pestañeó un poco, y el globo había desaparecido. Comprendió así que hasta el sol, hasta el horizonte, el cielo, todo se había esfumado, y en su lugar había una pantalla negriza.
Volvió a frotarse los ojos, los abrió de nuevo y otra vez ante sí se encontraba aquella pantalla negra. Entonces pensó que todo había sido un sueño, que aquella divinidad del cielo tan sólo fue un espejismo. Esperó así a que el sueño se consumara y él volviera a la realidad.
Parecía tan real el haber arrojado piedras sobre el estanque, como botaban, como salpicaban y alborotaban a los peces, como sintió su tacto liso por la erosión en su mano izquierda. Fue también tan real aquel trasto gigante de aire que dos personas dirigían con el gas que emanaba del fuego, sus colores, su forma, su recorrido sigiloso, su ruido silencioso, el pinchazo de luz…
De repente sintió una punzada en uno de los pies, luego en el otro. Los sentía tremendamente doloridos, sangrantes. Abrió los ojos; la espesura negra estaba allí. Se agachó, se palpó las plantas de los pies humedeciéndose los dedos de sangre, y se dejó caer. Lázaro se había quedado ciego.




