De como hablar sobre optimismo teniendo en mente lo mas pesimista, de como mirar al cielo sin destellarte los ojos una vez más, de como, al fin y al cabo, soñar despierto con la sabiduría y el conocimiento de uno mismo. Reza, pero no abuses, porque Dios deja de existir cuando te pones pesado; y si le vas a pedir algo, que no sea para ti, egoista.

Quiero mirar a ese frente, para redireccionarme, para encontrarme a mi mismo y decirle buenos días a mi sombra, volver a pisarla sin que se lastime por que no fijo mis pasos. Quiero encontrarme; deseo encontrar a ese yo que va y viene como ente nómada que me abandona. Ahora lo sé; ahora me veo...

lunes, 27 de diciembre de 2010

Un solo instante, un solo beso

“Eran dos buenos amigos que querían conocerse más y estiraron sus labios para ello. No pretendas que quieran volver al camino que empezaron, porque las huellas se borran y queda el olor de los besos, pero el pasado esta ahí para decirte lo que fue y lo bonito que estuvo.”

Donde estaba el mar, era el horizonte; donde rompía el cielo, el lecho del sol que se ocultaba. Mis ojos debían tener esa maleza de los árboles frutales. Pesaban las lágrimas y resbalaban. Contemplaba el paisaje pero no lo entendía. En mi cabeza había un revuelo de palomas que me zarandeaba. Esos mismos ojos querían dar la vida, por tenerla en mi mano, por acariciarla, por olerla. Tenía la sensación de que el mundo se me hacía demasiado pequeño y no podía asirlo con mis brazos.
El pensamiento era a veces risueño; otras me ladraba. Mantenía la compostura con algún pilar invisible, pero siempre aparecía ella para desmoronar mis cimientos. Luego rezaba, a algún dios, a alguno de los que no creo. No surtía efecto y volvía a ponerme feliz, como si me hechizara el hecho de pensar en sus labios, en sus ojos, en sus palabras. Podía quedarme en la orilla por más tiempo, disfrutar del paisaje, siempre que no se enturbiara con la espesura de la noche. No obstante, deseaba ir más allá.
Salté por encima de las vallas. Frente a mi se extendía una zona boscosa y sabía que tenía que atravesarla para salir a la ciudad. Aquella extensión me era extrañamente familiar, aunque no podía recordar el motivo. Nadé por la espesura de los arbustos y culminé en la primera carretera. Avancé y descubrí la ciudad. La atmósfera estaba limpia, libre de polución. Y las personas paseaban por las calles con el ajetreo propio.
Tenía el norte perdido; no obstante sentía el cosquilleo en mi pecho y eso me hacía seguir firme. Era una intuición, un pensamiento tal vez del subconsciente. Tracé un derrotero fácil, por las tortuosas calles del casco antiguo. Ya no podía escuchar, ni tan siquiera recordar, el rumor del oleaje. Por más que miraba, latía alrededor ese constante tren de la inquietud y no se apagaba. Volvía a tener los ojos encharcados de sal y agua, lloraba y no sabía porqué.
En aquel parque me había parado numerosas veces y había contemplado el agua de la fuente. Hoy no estaba tan cristalina. Las hojas de los árboles la habían enturbiado. Me senté en el banco de siempre, en la postura de siempre, pero con un ansia diferente. Presentía que algo sucedería y no me equivoqué. Las personas deambulaban cerca de mí, y tenía la sensación de que era invisible: el barrendero que torció su escoba para no chocar con mis piernas, la mujer que lleva un bebé en un carrito, los chicos que salen del colegio cargados con sus mochilas, la joven que pasea a su cocker…
Me ha mirado a los ojos; no he querido que descubriera esa maleza esponjosa que se asienta ahora en mis comisuras. Tiene el pelo rizado, revuelto, como a mi me gusta; unos ojos penetrantes y negros, la sonrisa en su boca me eclipsa y llego a oler su perfume, que deja una estela a su paso que hace que cierre los párpados. Si me ha mirado, me gustaría saber qué es lo que ha pasado por su mente. Lleva unos pantalones ajustados, marcándole las caderas con descaro, una sudadera blanca recogida hasta el cuello. Me digo que no es para mi, que yo solo quiero la flor del tiempo, la misma que se desmadeja con el roce de las manos; esta chica, intuyo, tiene carácter, no es fácil de tomar, no es de pétalos lacios.
Como hechizado, intentando disimular, sigo su camino, con la razón perdida por el olor que emana de su cuerpo. Parece que he olvidado mis temores, mis yerros, mis lloros. El perro intenta husmearme y ella sonríe de nuevo. Se me ha parado el corazón en un instante infinito, delicioso. No tengo agallas para decirle nada; prefiero estar detrás de la puerta contemplándola a intentar entrar y darme con ella en la cara. Y por un momento me quedo petrificado. Esos labios eran los que antes había imaginado, los que me acompañaban en la orilla cuando balbuceaba tristeza.
En ese momento ocurrió. Nadie lo esperaba, y nadie lo predijo. Ella estaba a cinco metros de mí, cruzando una calle sin visibilidad alguna. Yo tenía esa sensación de expectación en las sienes, e iba obnubilado. Un frenazo atrajo mi atención, algún grito de los transeúntes, el perro que ladraba, las caras de espanto, el viento que aullaba ahora en mis oídos. Sentí un fuerte golpe en la piel, no se en que lugar de mi cuerpo, si no en todo. En una fracción de tiempo descubrí que me desmayaba y mis ojos se volvían azules como el océano.
Un ruido me despertó. Sabía lo que había ocurrido, pero no iba a morir: en los sueños nunca se muere. Intenté abrir los ojos y la vi cerca de mi, apoyando su mano en mi pecho. Una sonrisa se dibujó en mi cerebro, aunque no se exteriorizó. Tenía que estar malherido para que ella me tocara, para poder oler su perfume a media distancia, pero no odiaba el momento; al contrario, me deleitaba. Después de eso, hice un esfuerzo e imaginé algo en mi cabeza: si aquel era mi sueño, sabiendo que no iba a morir, quisiera poder controlarlo y dirigirlo.
Lo primero que hice era imaginar que el suelo estaba blando, que no me dolía la espalda por las contusiones. Luego, sin parecer egoísta, dejaría que el perro ladrara con más suavidad, o que simplemente maullara, ese sonido me gustaba más. Debía cambiar al perro por un gato, color gris, por ejemplo, con manchas blancas. También deseaba que la atmósfera se convirtiera en un solo olor; el perfume de la chica que había a mi lado, y que su sonrisa fuese la misma que había visto antes. Entonces imaginé que me besaba, que ya no miraba a un lado y a otro, desconcertada por la situación, y que su cuello quedaba más al descubierto para respirar su aroma. Sus labios me rozaron y cerré los ojos. Otra vez la maleza de los árboles frutales inundaba mis párpados.
Desperté, y el sabor de aquel beso se quedó en mi paladar para siempre.

viernes, 12 de noviembre de 2010

La ilusión del globo

Había un estanque del que brotaban algas sucias frente a Lázaro. Jugaba a lanzar piedras al agua haciendo ondulaciones en la superficie mientras rozaban dando saltos. Elegía las más apropiadas, aplanadas, alisadas por la erosión. Cogía carrera, lanzaba la piedra con el puño y dejaba su brazo extendido en su dirección. Luego contaba las veces que saltaban antes de hundirse.
Tenía las zapatillas deportivas que el día anterior había comprado. En aquel momento no le dolían los pies, su atención estaba desplazada hacia su juego. Pero en realidad, estaban tan doloridos que quizá no pudiese moverlos mucho más.
Después de unos lanzamientos ya estaba agotado; sus brazos se habían cansado. Era zurdo, aunque había puesto énfasis en golpear las piedras con las dos manos para medirse la destreza y objetar cuantas de ellas llegaban al otro extremo del estanque tanto con una mano como con otra.
Estaba sentado en un saliente rocoso del borde del estanque. Una espesura verde se alzaba a su alrededor, rodeado de colinas ora gigantescas, inexcalables, ora minúsculas. Aún seguía arrojando piedrecillas al agua, las que encontraba cerca. Entonces sintió las primeras punzadas de las zapatillas nuevas en los pies. Se desabrochó y los dejó relajar en una roca suspirando de alivio. Luego se los masajeó para calmar el dolor. Y por un momento quiso mojarlos, descalzo, meterlos en el agua, aunque estuviese mugrienta.
No le importaba; sabía que con el sol ardiente que hacía, un baño iba a confortarle. Así que los hundió, y sintió un pequeño escalofrío, más tarde el alivio que buscaba. Miró el estanque, en la parte izquierda, donde se arremolinaban más cantidad de algas. Sacudió los pies percatándose de que había espantado a unos peces que tal vez agonizaban allí dentro.
De pronto, llevada por una ventisca áspera que le golpeó en la cara, una enorme sombra se posó sobre su cabeza. Levantó los ojos y no pudo creer lo que vio. Era un globo aerostático que en su ruta había plasmado su sombra sobre el estanque. Lázaro se quedó boquiabierto, no articulaba siquiera una vocalización que denotase su asombro.
Sin pensarlo saltó del saliente tras sacar los pies del agua. No recapacitó en que había olvidado las zapatillas cuando ya estaba corriendo, siguiendo con la mirada la dirección del gran globo. Instintivamente subió una pequeña colina pedregosa que le estaba moliendo las plantas de los pies. Pero no era momento de pensar en aquella dolama, o se perdería el rumbo de una maravilla.
Escaló las rocas con rapidez, aunque con cierta soltura. Al final llegó a la cúspide cuando ya había perdido de vista el aparato. Pero allí lo vio, despacio, enorme, con un colorido sobresaliente de tonos claros. Estaba tan cerca que pudo divisar la cesta donde dos personas azuzaban el aire cálido del interior prendiendo la gran llama que estaba sobre sus cabezas. La oyó rugir, lo vio husmear, la sintió como si él fuese uno de los viajeros del globo.
No estaba soñando, pues lo podía notar, aunque no con detenimiento, puesto que tenía los pies sangrando y ya le escocían.
Tenía la mirada fija, y no iba a desviarla hasta que lo perdiese por el verde horizonte. De repente, el globo dio un giro lento e inesperado, y como consecuencia dejó pasar los destellos hirientes del sol que acabaría con la sombra. El cambio le había tomado desprevenido y, entusiasmado como andaba con aquella visión, los rayos del sol le cegaron con fuerza.
Lázaro desvió entonces la mirada y corrió a frotarse los ojos con los nudillos. Había sentido el pinchazo de luz. Los abrió, pestañeó un poco, y el globo había desaparecido. Comprendió así que hasta el sol, hasta el horizonte, el cielo, todo se había esfumado, y en su lugar había una pantalla negriza.
Volvió a frotarse los ojos, los abrió de nuevo y otra vez ante sí se encontraba aquella pantalla negra. Entonces pensó que todo había sido un sueño, que aquella divinidad del cielo tan sólo fue un espejismo. Esperó así a que el sueño se consumara y él volviera a la realidad.
Parecía tan real el haber arrojado piedras sobre el estanque, como botaban, como salpicaban y alborotaban a los peces, como sintió su tacto liso por la erosión en su mano izquierda. Fue también tan real aquel trasto gigante de aire que dos personas dirigían con el gas que emanaba del fuego, sus colores, su forma, su recorrido sigiloso, su ruido silencioso, el pinchazo de luz…

De repente sintió una punzada en uno de los pies, luego en el otro. Los sentía tremendamente doloridos, sangrantes. Abrió los ojos; la espesura negra estaba allí. Se agachó, se palpó las plantas de los pies humedeciéndose los dedos de sangre, y se dejó caer. Lázaro se había quedado ciego.

Soy alérgico a las balas y a la hipocresía


A las balas por el dolor; a la hipocresía por lo frustrante de soportarla.
Intenta esquivar una u otra y no sabrás distinguir cual de ellas es más fácil a la hora de hacerlo. La hipocresía es distinta según se mire, según cada persona la acepte de modo que no le dañe. La bala, si llega de sopetón, me tiemblan las piernas y salgo a correr. Para ser partícipe de un acontecimiento donde el cargador se vacía hay que tener la mente fría y el corazón ardiendo, a mil por hora. Ser testigo de agresividad no va conmigo; no soy una persona que lleve puesto el chaleco para prevenir: me gusta curar antes.
Hay ocasiones en que la hipocresía no se entiende por más que le demos vueltas y más vueltas. Prefiero acercarme a la persona y descubrir que me apunta con el arma al entrecejo, tocar su material frío y hacerlo retroceder. Poco a poco consigo que el arma se aleje de mi cuerpo y la bala se haga de serrín. Lo complicado es controlar la frivolidad de la misma persona. Te convences a ti mismo de que la situación está controlada. Estás confiado, por supuesto, pero no por la misma, sino por ti, por tu creencia (equívoca) de lo social. Entonces aparece la hipocresía. Te das la vuelta y escuchas crujir de nuevo el cargador. El serrín se convierte de pronto en polvo para matar y lo notas en la espalda, cosquilleando. No es el puñal, es la bala, disfrazada de hipocresía. Otra vez me tiemblan las piernas. Me marcho.
Me temo que he de aprender a usar mi propia arma; puede ser, en estos locos días, la mejor herramienta de subsistencia.

Con el croar de ranas en la cabeza

Me apetece escribir; pero solo describir, y describo:
Espero el bus. Llego a la parada y encuentro a una muchacha sentada. Es china, o japonesa, o coreana, que nunca lo distinguimos bien. Me siento a tres palmos de ella y me doy cuenta de que nos separa una cinta de cassette. Miro frente a mí y veo que las hojas se descuelgan de los árboles. Es otoño. Aparece una madre con dos niños, más buenos que el anterior, que se tira al suelo molestando a su madre que lo sostiene con sus manos.
Escucho algo de música, tranquilo. La cinta que me separa de la china esta rota y no se de qué cantante es. La niña buena se sienta a mi lado entre la china y yo, encima de la cinta. Al darse cuenta la coge y juega un poco con ella, con la cinta fina que sale del plástico. Después saca una muñeca y juega. Yo le sonrío y ella me sonríe.
Al niño malo le han puesto un chaleco y está más tranquilo. Hacia abajo pasan innumerables coches. Uno lleva un armario encima de la baca, y parece un ataúd.
La música sube a más dureza. Llega el bus. No esta muy concurrido. Me siento al final, como siempre.
La clase de hoy me ha aburrido. Ahora estoy sereno.
La china se ha sentado al principio, junto a una mujer negra. Sereno, si, tranquilo. Quiero que este viaje dure más de lo que será. La música me acompaña. Y la niña buena está detrás de mí, jugando con su muñeca.
Las hojas siguen cayendo copiosamente, y el tráfico está intensificado.
El hermano de la niña buena es gracioso: rubio, con ojos de pillín, revuelto.
Se sienta alguien a mi lado pero no me molesta. Es un hombre, con cara ceñuda. No sabe que lo que escribo aquí es sobre él o que él es algo de lo que me está pasando ahora mismo. Mira la hora, está como impaciente. Y yo también de que se vaya o me baje yo.
Le he pedido que pulse el botón de parada solicitada por mi; no podía salir. Me bajo en la Avenida de Madrid. Voy a mi piso. A la rutina. Al mismo rumor de siempre con el croar de ranas en mi cabeza.

martes, 23 de junio de 2009

Nana del bosque



Había una vez un árbol que volcado sonreía
Y no logrando plantarse de nuevo en pie,
Temiendo volver a sufrir el malestar adquirido,
Durmió podrido desprendiendo olor lívido.
Y no regresando su alma esfumada,
Aquel lo utilizó para hacer escritura en sucio
Las palabras de su libro próximo de gran éxito,
Con la tinta de un boli de propaganda barata,
Luchando por acordar una tregua a su inspiración
Recordando al árbol volcado que aún lloraba,
Lastimando la angustia de un escritor nato,
Que pronto comprendió el error de su ímpetu.
Fue cuando las hojas de sus ensayos cortos
Expandidos por un suelo de hojas secas
De un árbol marchito de vida caduca,
Robles, acebuches, almendros, rojos cerezos,
Siente alivio por devolver la vida robada.

Flores de su corteza semejan líquenes ocres,
Margaritas rascando su piel derruida,
El tiempo lo golpea en sus años, milenios
Y tal vez el trazo ayude su consuelo roto,
Tal vez su idea sirva de cobijo a su corazón.
Eclipses bajo el bosque y el escritorio,
Derrumbe de esperanza por vivir efímero,
El trazo de tinta ya está echado, sin más.
Satisfacción de unos, desconsuelo de otros,
Vida igualada y perforada, mano del hombre,
Tenaz, radical desesperación; hay que escribir,
Arrancar la corteza, arrancar el cuello,
Algo insólito de la cadena alimenticia ficticia.
El árbol gustoso de ser útil, el hombre no;
El hombre gustoso de escribir, él de vivir;
Raras palabras subrayadas, no sirven.
¿En sucio?, ¿Reciclaje? Lápiz y a borrar,
Sincero en sus gestos bondadosos,
Canción de cuna, nana del bosque,
Tapices de verdosas hojas, suaves al tacto;
Resplandor en la cornisa manchada de cal,
Es el reflejo del sol brillante y caluroso,
Es el tintineo de la noche rotunda y certera,
Es la calma adueñada de mi escritura.

Boceto de un sueño


Una día soñé que me introducía en una habitación oscura y siniestra donde un claro de luna me delataba al entrar. En medio de cuatro paredes decoradas con dibujos bellísimos se hallaba un sofá anaranjado invitándome a sentarme. Tras acomodarme percibí ante mis ojos un lustroso armario de madera de roble donde relajado se encontraba un hermoso ramo de rosas en torno a un blanco gladiolo. El aroma de aquella habitación, lívido y formidable, penetraba mis nasales serenándome por completo. Estaba inusitado, el olor colapsaba en mi nariz una y otra vez.

Mi tarea en aquella habitación era sencilla: debía dibujar aquel ramo. A mi lado encontré una cómoda donde ante mi vista apareció un bloc de dibujo soportando un trozo de grafito. Lo agarré con pereza contra mi regazo y comencé a dibujar. De pronto, una balada hizo de banda sonora de mi tiempo y mi entusiasmo se acrecentó. No podía pedir más allí relajado, con mi bloc en las piernas dibujando el precioso ramo del cual emanaban sublimes olores, la musiquilla de fondo, la alegría regocijándose en mí. No, ¿qué más iba a pedir?

Inesperadamente, la música cesó y mi olfato dejo de funcionar. Un nudo se me formó en la garganta. Para colmo, el timbre había sonado. Pensé si era el teléfono, pero intuí que era la puerta y me levanté. Me había entristecido: ya no percibía aquel olor. Distraído, choqué con la cómoda, la que hizo caer mi bloc al suelo y fuese culpable de mí desvelo.

Cuando desperté, el rumor de la calle me atrajo: estaba lloviendo. No podía entender lo sucedido; en el preciso y mejor momento había sucumbido a alejarme de mi sueño.

Recapacité tras oír en mi interior una voz que me decía algo en lo más lejano de mi alma. Tenía la impresión de haber dejado a medias el sueño. No quería creer que el dibujo que estaba haciendo ¡solo estaba abocetado! Y pienso en muchas consignas sobre lo ocurrido. Tal vez deba volver a ese sueño, volver a colocar el bloc en mi regazo y seguir dibujando. No podía dejarlo así, con las marcas que aluden el esqueleto de las flores destellando en el papel. Y sigo pensando: tras meditaciones apoteósicas logro ver que cuando llegue hasta ese boceto, cuando sea capaz de terminarlo y sentirme feliz al ver mi éxito, eso querrá decir que se aproxima la hora de mi muerte.

Una extraña sensación de búsqueda conspira en mi interior. Cada vez que sueño tengo la entereza del sosiego de aquella habitación y siento además el lívido aroma de las rosas colapsando con mis nasales. El ramo, esté donde esté, me inspira temor a abandonar; quizá el olor floral haya recorrido las demás habitaciones, toda una mansión, todo un pueblo, una ciudad entera. Esté donde esté, el ramo quedará marcado en mi subconsciente para la eternidad.

Soledad en el amor

Una vez me encontré con un vagabundo que sin presentarse me escrutó:
-Dispense mi persona; yo conozco la historia de un joven escritor que solía ganar su inspiración con aquel amor que aparecía en el camino de su vida. ¿Quiere que se lo redacte en primera persona?
El vagabundo desapareció con un silbido en sus labios y nunca llegué a saber más de aquella historia, ya que un tiempo después descubrí que aquel transeúnte era analfabeto.
Entendí entonces que aquel que venía de paso era un vagabundo de amor, un vagabundo de soledad ante este sentimiento. La tristeza lo envolvía mientras soñaba con poder escribir su primer relato.
Sus oportunidades le daban la espalda desvaneciéndose. Aun no había hallado la exacta palabra con la cual comenzar el escrito y percibir esta experiencia: el AMOR.

lunes, 22 de junio de 2009

El perdón es posible

Hoy me he encontrado con una noticia en Meneame.net que, si bien me ha hecho emocionar, no es tanto por la historia contenida en la noticia, algo asumido por descontado, sino por el hecho de que he podido comprobar que hasta el más terrible de los pecados es a veces perdonado.
La historia es la siguiente: un ex-combatiente de la guerra de Vietnan acarrea un terrible suplicio en su interior desde que dio muerte a su primer enemigo en el campo de batalla. Narra como se encontró con éste por sorpresa y tras unos instantes de miradas furtivas, ambos dispararon a su rival. La suerte le favoreció en aquel momento, pero la conciencia le quedó dividida entre el patriotismo que regentaba por pertenecer al bando estadounidense y el dolor de matar a personas que son manipuladas por naciones, cual marionetas de circo.

El martirio de este hombre no terminaría con este acto; como sobreviviente de los genocidios que se "infieren" de las guerras, este hombre hundiría su hacha en cuantos pechos enemigos encontrara. El hecho es que esta primera víctima le iba a perseguir durante 22 años, ya que al registrar las ropas del cadaver encontró una foto en la que el fallecido aparecía con su hija. Esta foto vivió por estos años en el corazón del hombre.

Una declaración que aparece en la noticia es clara: "perdóname por haberte quitado la vida, simplemente estaba entrenado para ello". Muestra de este arrepentimiento es la búsqueda incesante de la protagonista indiscutible de esta historia: la niña que aparecía en la foto. Esta búsqueda fue la obsesión diaria que atormentaba al hombre, pero, dadas las circustancias, parecía imposible que el propósito llegase a cumplirse, que la petición del perdón por el asesinato se llegase a consumar.

Pero, casualidades de la vida, un contacto que conoce a otro contacto, llevó a que la niña, ya una mujer, apareciera en mitad de miles de vietnamitas. La noticia de la que hablo lleva adjunto un video en el que se muestra el momento en que la "niña de la foto" concede la ansiada cita al hombre y este acude a verla. El hombre extrae de su bolsillo una nota y la lee. Suponemos que en ella alude a ese Gran Perdón que necesitaba desde dentro pedir a la niña de la foto. Cuando termina, la mujer no lo soporta y se echa llorando a sus brazos.
Se funden en un abrazo que, desde mi punto de vista, muestra lo que el ser humano es capaz de realizar y en ocasiones nos oponemos a ello. Acto seguido, el hombre extrae una copia ampliada de la foto que durante años ha sido su martirio. En ese momento, vuelven a fluir los sentimientos de una historia que conmueve.

Mi reflexión ante semejante noticia es obvia, y en el título se hace alusión: el perdón es posible. La humanidad estamos destinados a hacernos daño constantemente, a producir dolor en los demás sin otra respuesta que un feedback de información nociva. Es decir, mantenemos la esencia humana de la teoría de la vuelta al caos, a la destrucción, de hacer el mal a diestro y siniestro. Pero hoy, una vez más, me he dado cuenta de que el perdón, ante más situaciones de las que creemos, es posible; por que existe el perdón, sólo por eso, existe su consecución, su realización. Pienso que estas premisas básicas son el inicio de una convivencia pacífica entre los que estamos en la vida; dejar a un lado los problemas es un hecho que puede ser constatado en cualquier momento. Lo que interesa saber es cómo hacer para que el mundo se de cuenta, y reitero la frase una vez más, de que el perdón es posible.

Adjunto un enlace con la noticia para que el lector pueda emocionarse y sorprenderse de la bondad humana (que sí que existe) tanto como yo:


jueves, 18 de junio de 2009

El hombre volvió a la basura


El urbano que suelo coger siempre es impuntual. Ayer salí de la universidad cuando el sol más picaba en la cabeza y decidí esperar en la parada. Este retraso del bus hizo que fuese testigo de un hecho real, como la vida misma, pero que me dejó frio.

Cerca de la parada donde me hallaba hay una serie de contenedores de basura. Pude comprobar como un hombre salía de un portal contiguo portando una garrafa vacía de agua. Se dirigió a uno de los contenedores e hizo como que había tirado la garrafa. Pero pude apreciar que aún la tenía sujeta con su mano.

Disimulando y farfullando algunas palabras, intentó buscar algo entre la basura. Cuando dio con ello, lo agarró y se fue. Aún no había soltado la garrafa. Entró en su portal y cerró la puerta.

Un minuto más tarde volvió a salir. Llevaba de nuevo la garrafa de agua en la mano. Siguió los mismos pasos: disimuló tirar la garrafa, buscó en la profundidad del contenedor, extrajo algo y se marchó a su portal.

Repitió la operación una vez más; exactamente igual. El bus había llegado y me dispuse a pagar el billete. Cuando ya estaba en marcha, de lejos, observé a aquel hombre que volvía a salir de su portal, con la garrafa en la mano y mascullando palabras que no pude entender desde un principio.

No quiero dar un sentido a lo que vi por no pecar de excesiva deducción. Deseo dejar este comentario para los ojos que lean lo anterior, para que cada cual opine sobre lo que crea conveniente: pobreza, disimulo por miedo a ser visto, alguna deficiencia mental, algun trastorno específico relacionado con el Síndrome de Diógenes... las conclusiones que pudiera extraer me las guardo; ahora, es tarea del lector decidir qué es lo que pasa por la mente cuando se describe un caso como este.

lunes, 15 de junio de 2009

El esperado anillo ya es español

Los Lakers han ganado hoy el quinto partido de la final y con él, el esperado anillo. Gasol de nuevo ha sido decisivo, haciendo un doble doble (14 puntos y 15 rebotes), con el que ha logrado cumplir el sueño de todo jugador de baloncesto. Asistimos hoy a las imágenes de los medios que nos mostrarán un trocito de esa historia del baloncesto español que, a los que nos gusta ese deporte, esperábamos desde que el año pasado los Lakers fueran derrotados en la final por los Celtics.
Pau Gasol pasa a ser el primer español en conseguir el anillo que le acredita como campeón de la mayor competición de baloncesto del mundo: la NBA. Los medios califican esta hazaña como un logro español merecido por la brillante carrera de este jugador catalán. Su unión con Kobe Bryant desde que se descubrió el bombazo de su traslado al equipo de Los Ángeles, ha sido crucial para llegar a lo más alto de la cima. La pareja, junto con los demás jugadores, que no hay que olvidarlos, han ido dejando atrás una estela de grandes equipos y fabulosos jugadores en sus rondas finales.

Dos partidos jugados en Los Ángeles, ganados por los de casa, y tres jugados en Orlando, repartidas las victorias, han dejado un resultado de 4-1 inesperado por otra parte. Esa victoria es de Pau, reitero que merecida, por que en la cancha se observa el resultado de un trabajo duro y el espíritu ganador. Los números de Pau son envidiables, pero eso redacta a la perfección la ambición por el triunfo que le ha llevado a conseguir el sueño de un pais en un momento de grandes éxitos deportivos.

He querido resaltar esta noticia como muestra de que el logro de una persona conlleva muchas entidades a sus espaldas. Quiero decir que nuestro esfuerzo por llegar a la cima de nuestros sueños vienen respaldados tanto por nuestras motivaciones como por los que hacen posible que las desarrollemos. Pau es un ejemplo de superación y ambición en el terreno que le conlleva, pero sin el apoyo de la afición, sin la mano que hace posible que esté donde esté, sin el contexto que le haga favorecer esas cualidades como jugador, no sería posible el logro conseguido. Repito, que no hay más mérito que el de la propia persona, el del propio Pau.

Con estas pesquisas podría no obstante desarrollar una tesis, hablando exageradamente. La brevedad con la que he esbozado la noticia no quita que haya dado lo esencial para pensar que ese orgullo que decimos español, no es más que un orgullo creado a partir de un esfuerzo y una meta conseguida.

Mis felicitaciones a Pau por la proeza realizada y por llevar al baloncesto español a lo más alto.

domingo, 14 de junio de 2009

La sartén del sueño


Aún estamos a principio de Junio y el calor ya es sofocante. Siempre pensamos qué será de nosotros si, puestos a generalizar temperaturas, el mes de Agosto llega con más subidas. No voy a hablar del efecto invernadero, algo que ya nos lo han metido en las narices todos los medios de comunicación, con su tren de la bruja particular, asustando a diestro y siniestro con su escoba que es la radiación solar. Tampoco hablaré de los más afectados por estas olas de calor (africanas dicen); sólo quiero hablar de sentimientos en este sentido, de como me voy a la cama sabiendo que no podré dormir tranquilo por que la calor no me dejará.

Aunque parezca vulgar, es algo de lo que hay que hablar. Estamos acostumbrados a este tipo de situaciones; pero por mucho que nos parezca tan acostumbrado, nunca llegamos a automatizar el hecho de soportar el calor. Siempre decimos que si hace frío, tienes la opción de abrigarte, pero si hace calor, no es suficiente la ropa que llegas a quitarte y siempre te devora. Una ducha fría puede calmar estas sensaciones, pero tarde o temprano volverá a asfixiarnos. En realidad, cuando duermo, me siento en una sartén del sueño y no logro escapar.

Esperarán que termine este articulillo dando algún consejo para escapar de la sofocación; es obvio que si lo tuviera ya lo hubiese practicado y no estaría aquí hablando de ello. Pues no, no existe ese remedio eficaz que todos esperamos encontrar; a excepción de, claro está, se tenga a mano el dichoso mando del aire acondicionado y abusemos de él. Otra vez podría hablar del efecto invernadero, del problema de la circularidad que presenta abusar del aire "abriendo más agujeros en la capa de ozono". Un ciclo, al fin y al cabo.

Mientras tanto, añorando hacer un huequecito en la capa por tener un jodido aire, seguiré sufriendo un poco más esperando que las temperaturas no me hagan mucho efecto en las neuronas que estos días trabajan a destajo por los exámenes.

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