
Tan sólo una rendija y un ojo vago; un cambio y otro ojo nulo. Miro al suelo. Escucho el murmullo y me digo si hoy será como ayer. Espero siempre que sí. Pero tengo esa desesperanza a cada palpito.
Una voz que reconoces te pide. Tu le das, esa persona suelta algo por la rendija. Ese algo lo palpo. A ver si alguien es capaz de timarme hoy. Le doy el cambio correspondiente. Saluda y se va.
Otra voz. Esta no la conoces. Repito la operación: dinero que entra por la rendija, yo que lo toco, el décimo que sale por la rendija junto con el cambio. El saludo y fin de la historia.
Esta es la voz que yo estaba esperando. Extraigo el décimo. No podía ser menos, un dia laborable, esa mujer que llega y posa sus manos en la rendija. Con cuidado le doy el décimo; lo dejo un poco atrás, para que ella me enseñe sus manos. Como cada día, tiene las uñas pintadas de rojo. Y como cada día es con un billete con lo que paga.
Creo que desea alargar ese instante, como yo. Sino, ¿por qué iba a pagar todos los días con un billete? Yo le tengo la vuelta en una esquina de la rendija. Se la doy, y como siempre, me roza la mano. Es cuando siento ese escalofrío. Su voz es dulce al despedirse.
Otra voz, otra, una más... no hay ninguna como la de la mujer de las uñas pintadas de rojo. El día termina, y espero a que vuelva, con esa desesperanza de que decida cambiar de establecimiento de lotería.
Una voz que reconoces te pide. Tu le das, esa persona suelta algo por la rendija. Ese algo lo palpo. A ver si alguien es capaz de timarme hoy. Le doy el cambio correspondiente. Saluda y se va.
Otra voz. Esta no la conoces. Repito la operación: dinero que entra por la rendija, yo que lo toco, el décimo que sale por la rendija junto con el cambio. El saludo y fin de la historia.
Esta es la voz que yo estaba esperando. Extraigo el décimo. No podía ser menos, un dia laborable, esa mujer que llega y posa sus manos en la rendija. Con cuidado le doy el décimo; lo dejo un poco atrás, para que ella me enseñe sus manos. Como cada día, tiene las uñas pintadas de rojo. Y como cada día es con un billete con lo que paga.
Creo que desea alargar ese instante, como yo. Sino, ¿por qué iba a pagar todos los días con un billete? Yo le tengo la vuelta en una esquina de la rendija. Se la doy, y como siempre, me roza la mano. Es cuando siento ese escalofrío. Su voz es dulce al despedirse.
Otra voz, otra, una más... no hay ninguna como la de la mujer de las uñas pintadas de rojo. El día termina, y espero a que vuelva, con esa desesperanza de que decida cambiar de establecimiento de lotería.

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