
La guerra no es como se cuenta en las películas. En ellas no se refleja la realidad intrínseca del campo de batalla, ni tampoco se da mucha importancia a la vida que tienen que soportar los soldados. Esta supervivencia sería el verdadero patriotismo por el que se deben conceder las medallas. En una u otra guerra, la espera de un final y la convivencia de los soldados forman parte también de la heroicidad misma.
Sin embargo, los sucesos que transcurren entre trincheras no siempre son vejatorios y dignos de olvidar:
A los nueve días de permanecer atrincherados culminamos la delicada tarea de construir nuestro pequeño obús. Estaba claro que a partir de entonces nos resguardaríamos mejor de las inclemencias del tiempo en el estado moscovita. La madriguera, como así la apodamos, nos permitía ordenar de forma plausible nuestros enseres sin exponerlos a la lluvia. Aunque en más de una ocasión tuvimos que volver a dormir en el barro cuando el agua conseguía penetrar.
Aquel día, tres de nuestros hombres estaban fuera de la madriguera leyendo las cartas que el correo les había hecho llegar. Yo esperaba alguna correspondencia, pues mi hermana estaba a punto de dar a luz. Pero descubrí que no había llegado nada para mí y eso me apesadumbró un poco. Entré al obús y me senté en el frío suelo.
Mi compañero y camarada Plomo entró detrás de mi sosteniendo un pequeño paquete entre las manos. Noté que estaba tenso, nervioso, y le pregunté sobre aquel envío. En una de las solapas del paquete pude distinguir su nombre y el de su esposa. Le di un pitillo y lo encendió con la llama de un candil que nos servía de lumbre. Yo encendí otro y me dispuse a contemplar cómo abría el dichoso envoltorio, casi tan tenso como él.
Hacía unos días que Plomo se había recuperado de una lesión en el pecho. Una bala soviética le había atravesado la coraza de cuero y se había incrustado, inesperadamente, en una cajita de cacao que llevaba en el bolsillo. Esta fue su suerte. El proyectil salió desviado y a él sólo le quedó una pequeña quemadura y un fuerte dolor que le duró unos días. Plomo escribió más tarde a su mujer para tranquilizarla de que todo había quedado en un susto.
Le di unas caladas al pitillo con fervor. Entretanto, con sumo sigilo, Plomo empezó a desenrollar con sus sucios dedos la cuerda que ataba el paquete. Luego suspiró, destapó la primera cubierta, después la segunda y extrajo una bola de papel de su interior. Justo debajo del papel había diez cajitas redondas de cacao de diferentes sabores, menta, regaliz, limón, y de distintos colores y tamaños.
Una a una las fue dejando cerca del candil mientras nos reíamos con el acontecimiento. Las fuimos probando, oliendo. Plomo me dijo que su mujer parecía haberse vuelto loca. No era para menos, pues quizá su mujer pretendiera que cargase con todas esas cajitas en sus bolsillos en lugar de llevar granadas o municiones. ¡Qué paradoja!
Esa misma noche Plomo escribió a su esposa agradeciéndole la ofrenda y narrándole nuestra tensión al abrir el paquete. También le comentó lo que nos habíamos reído al ver su contenido. Días después, Plomo volvió a recibir una nueva correspondencia de su mujer. En ella, según me dijo, hacía alusión, tras unos temas cotidianos y dispares, a la justificación del envío de las cajitas de cacao. La señora de mi camarada había creído que las cajitas de cacao producían una capacidad mágica para desviar balas soviéticas.
Sin embargo, los sucesos que transcurren entre trincheras no siempre son vejatorios y dignos de olvidar:
A los nueve días de permanecer atrincherados culminamos la delicada tarea de construir nuestro pequeño obús. Estaba claro que a partir de entonces nos resguardaríamos mejor de las inclemencias del tiempo en el estado moscovita. La madriguera, como así la apodamos, nos permitía ordenar de forma plausible nuestros enseres sin exponerlos a la lluvia. Aunque en más de una ocasión tuvimos que volver a dormir en el barro cuando el agua conseguía penetrar.
Aquel día, tres de nuestros hombres estaban fuera de la madriguera leyendo las cartas que el correo les había hecho llegar. Yo esperaba alguna correspondencia, pues mi hermana estaba a punto de dar a luz. Pero descubrí que no había llegado nada para mí y eso me apesadumbró un poco. Entré al obús y me senté en el frío suelo.
Mi compañero y camarada Plomo entró detrás de mi sosteniendo un pequeño paquete entre las manos. Noté que estaba tenso, nervioso, y le pregunté sobre aquel envío. En una de las solapas del paquete pude distinguir su nombre y el de su esposa. Le di un pitillo y lo encendió con la llama de un candil que nos servía de lumbre. Yo encendí otro y me dispuse a contemplar cómo abría el dichoso envoltorio, casi tan tenso como él.
Hacía unos días que Plomo se había recuperado de una lesión en el pecho. Una bala soviética le había atravesado la coraza de cuero y se había incrustado, inesperadamente, en una cajita de cacao que llevaba en el bolsillo. Esta fue su suerte. El proyectil salió desviado y a él sólo le quedó una pequeña quemadura y un fuerte dolor que le duró unos días. Plomo escribió más tarde a su mujer para tranquilizarla de que todo había quedado en un susto.
Le di unas caladas al pitillo con fervor. Entretanto, con sumo sigilo, Plomo empezó a desenrollar con sus sucios dedos la cuerda que ataba el paquete. Luego suspiró, destapó la primera cubierta, después la segunda y extrajo una bola de papel de su interior. Justo debajo del papel había diez cajitas redondas de cacao de diferentes sabores, menta, regaliz, limón, y de distintos colores y tamaños.
Una a una las fue dejando cerca del candil mientras nos reíamos con el acontecimiento. Las fuimos probando, oliendo. Plomo me dijo que su mujer parecía haberse vuelto loca. No era para menos, pues quizá su mujer pretendiera que cargase con todas esas cajitas en sus bolsillos en lugar de llevar granadas o municiones. ¡Qué paradoja!
Esa misma noche Plomo escribió a su esposa agradeciéndole la ofrenda y narrándole nuestra tensión al abrir el paquete. También le comentó lo que nos habíamos reído al ver su contenido. Días después, Plomo volvió a recibir una nueva correspondencia de su mujer. En ella, según me dijo, hacía alusión, tras unos temas cotidianos y dispares, a la justificación del envío de las cajitas de cacao. La señora de mi camarada había creído que las cajitas de cacao producían una capacidad mágica para desviar balas soviéticas.

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