De como hablar sobre optimismo teniendo en mente lo mas pesimista, de como mirar al cielo sin destellarte los ojos una vez más, de como, al fin y al cabo, soñar despierto con la sabiduría y el conocimiento de uno mismo. Reza, pero no abuses, porque Dios deja de existir cuando te pones pesado; y si le vas a pedir algo, que no sea para ti, egoista.

Quiero mirar a ese frente, para redireccionarme, para encontrarme a mi mismo y decirle buenos días a mi sombra, volver a pisarla sin que se lastime por que no fijo mis pasos. Quiero encontrarme; deseo encontrar a ese yo que va y viene como ente nómada que me abandona. Ahora lo sé; ahora me veo...

martes, 9 de junio de 2009

Salida de emergencia


El rótulo parpadea en la salida de la habitación como un dispositivo que te devuelve el derecho a entrar y salir cuando tú quieras. Es como ver las olas y no saber qué te dicen cuando crees que te hablan. Sales corriendo por la arena mientras te vas hundiendo en ella. Has dejado la habitación porque no sabes si merece la pena quedarse. Es triste volver, por eso ni lo piensas. Has dejado el cuerpo tumbado en la cama con esos signos que te delatan. El oleaje que escuchas te recuerda una vez más un sonido parecido a su voz que ya no oirás más pero que lo tienes muy presente. Acabas de cometer la locura más inverosímil de tu vida, en eso que no te quepa la menor duda.
Te das otra vuelta por la arena de la playa y vigilas el horizonte. Sigues los pasos de las olas, les sigues su formación hasta la orilla. Te has sentado y juegas con la arena. ¿En qué piensas? ¿No será que te arrepientes, verdad? ¿No será que todo lo que hay a tu alrededor se está convirtiendo en una utopía que te atosiga? No piensas, sólo disfrutas del paisaje. Mientras, aquel cuerpo sigue sucumbiendo y no sabes si ha fallecido. Le has dado un golpe certero porque ella te ha respondido de manera grotesca, o eso mismo sigues pensando tú. No has confiado una vez más en tu sentido de la razón, has pasado directamente a la agresión y parece que le has dado tan fuerte que estas pensando si ese cuerpo está ya sin sus latidos del corazón. ¿Cuántas veces lo has visto por televisión? Pero te niegas a enterarte y vuelves a pegar. Y ahora vienen los arrepentimientos y la culpa.
Has desistido de jugar con la arena y de enterrarte los pies en montoncitos. Estás sereno. Crees que si sigues enterrándote acabarás como aquel cuerpo, sin aliento, muerto. Pasas por la recepción y no encuentras a nadie. Están huyendo de mí, piensas. Vuelves a la habitación y otra vez el rótulo de salida de emergencia te da la bienvenida.
Examinas el cuerpo con morosidad, como si tus conocimientos de la realidad no reprodujeran asco ni pena por el cadáver. Le has tocado el cuello, el pulso, para asegurarte, y no lo notas. En verdad, ya empiezas a conciliar en tu cabeza que tus manos se han manchado de sangre. Intentas reanimar el cuerpo, lo mueves y lo golpeas, esta vez suavemente, en la cara, pero resulta en vano, sigue con los ojos cerrados y sin movimiento alguno. Te afloran de nuevo los remordimientos de conciencia. Tú la querías y en ti se percibe el gusto por la armonía y la paz conyugal, pero no siempre es así y esto es lo que sucede cuando esa paz que deseas que reine en tu relación se esfuma. Y esta vez es para siempre. Está muerta, tú esposa, y ya han acabado tus vacaciones.
Ahora qué hacer, ¿has de entregarte a la policía o sin embargo te has de quitar la vida? Absurda esta segunda cuestión, pues una muerte más no tapará la otra. Llamas a un número de teléfono y a la recepcionista que descuelga le cuentas lo sucedido. No te tiembla el habla, ni la barbilla, crees tenerlo todo bajo control. Cuelgas el teléfono y sigues mirando el cuerpo. Tus manos están marcadas en el cuello y tú las ves. Sientes náuseas.
De repente, una angustia indescriptible te posee. Te vuelve el rol bueno que antes habías desquiciado. Y lloras. No cesas de hacerlo porque te lamentas de lo que has hecho. Pero casi sucinta en ti una idea de que tú no has hecho aquello. ¿Cómo que no? ¿Quién ha sido entonces? No intentes por más de los hechos rehuirlos, por favor.
Con esta convicción no aguantas el dolor ni un segundo más ante la evidencia de un castigo póstumo y divino. Te diriges hacia el cuarto de baño. Por las ventanas del pasillo sigues viendo las olas. La orilla está calma y nadie deambula por ella. El grifo de la ducha cae. No te vas a duchar ni te vas a lavar el testigo de los hechos, vas a llenar la bañera. Terminas y coges la cuchilla con la cual te afeitas. Estás decidido, como sonámbulo, con los ojos encharcados en lágrimas. Te haces un corte en las muñecas, no muy profundo, pero lo suficiente como para dejar escapar un hilillo de sangre cuando te introduzcas en la bañera llena de agua. ¿Pretendes desangrarte? Apuesto a que te será muy difícil, porque has llamado a la policía y el tiempo que tienes para desangrarte por esos cortes tan poco sutiles no va a impedir que entren, vean el rótulo de salida de emergencia parpadeando, encuentren el cuerpo de tu mujer y lleguen hasta el baño antes de que quedes inconsciente. Eres un necio, además de un asesino, te has olvidado de ello. Podrías haberte colgado, o esperar a los agentes, o simplemente haber huido y posponer el sacrificio para más tarde. ¿Ahora qué? Invéntate algo, porque yo no voy a interrumpir el trabajo de la policía.

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